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Definición: La Envidia es considerado como un pecado capital porque genera otros pecados.
El término "capital" no se refiere a la magnitud del pecado sino a que
da origen a muchos otros pecados y rompe con el amor al prójimo que
proclama Jesús.
Dante Alighieri en el poema de
El Purgatorio,
define la envidia como "Amor por los propios bienes pervertido al deseo
de privar a otros de los suyos." El castigo para los envidiosos es el
de cerrar sus ojos y coserlos, porque habían recibido placer al ver a
otros caer. En la edad media el famoso cazador de brujas, el cardenal
Peter Beasbal le atribuyó a la envidia el demonio llamado
Leviatán, un demonio marino y que era sólo controlado por Dios.
La envidia en el psicoanálisis
En el ámbito del
psicoanálisis
la envidia es definida como un sentimiento experimentado por aquel que
desea intensamente algo poseído por otro. La envidia daña la capacidad
de gozar. Es el factor más importante del socavamiento de lo
sentimientos de amor, ternura o gratitud. La envidia es un sentimiento
enojoso contra otra persona que posee o goza de algo deseado por el
individuo envidioso, quien tiene el impulso de quitárselo o dañarlo. A
diferencia de los celos, que se basan en el amor y comprenden un vínculo
de por lo menos tres personas, la envidia se da de a dos y no tiene
ninguna relación con el amor. La persona envidiosa es insaciable porque
su envidia proviene de su interior y por eso nunca puede quedar
satisfecha, ya que siempre encontrará otro en quien centrarse.
Según: Juan
José Ruiz Sánchez
¿ Cuáles son los orígenes y causas de la envidia?
Por lo pronto, ha que situarse su origen en las
experiencias del niño/a en su tierna infancia. Algunos psicoanalistas como M.
Klein (1957) considera que la envidia tiene su raíz en el primer objeto de
importancia para el niño: su madre. El niño distingue entre el “pecho bueno”
cuando su madre le amamanta y sacia su deseo de hambre, y el “pecho malo”,
cuando su madre frustra su deseo de saciarse; siendo esto universal y
relativamente dependiente de los cuidados que realice la madre. De hecho, otros
autores han insistido más aún en el papel de las primeras experiencias de
frustración del niño (Ferenczi, 1913; Rank, 1924). El psicoanalista español
Guerra Cid (2004, 2006) afirma que en la historia personal de quién
padece envidia aparece una intensa frustración que aumenta cuando el otro tiene
lo que el anhela. Ese deseo, salvo en personas con mentalidad mas simple, no
suele ser de las cosas materiales que el otro posee, sino mas bien de sus
cualidades que le permiten tener la admiración y bienes materiales.
El gran envidioso suele desear, fantasear y hasta llevar a
cabo, acciones de prejuicio o destrucción dirigida al envidiado. Es un ser
amargado incapaz de aceptar sus limitaciones, al que habría que aplicarle el
refrán tradicional de “Dime que envidias y te diré de qué careces”. La
persona con envidia suele utilizar una curiosa “racionalización” para mantener
su estado de envidia: argumenta que en su vida ha tenido mala suerte y que el
envidiado, por el contario, ha sido agraciado por la buena suerte.
Si se mira despacio en la vida del envidioso suelen ser
frecuentes las experiencias de múltiples fracasos en su vida amorosa, laboral y
social; y no precisamente a causa de la mala suerte sino por no contar
con numerosas variables de la realidad para tomar sus decisiones, precisamente
por su baja tolerancia a la frustración y su deseo de tener las máximas
satisfacciones en el plazo mas inmediato. Desde esta óptica, la “envidia sana”
no existe, solo hay una y es “patológica”.
El carácter enfermizo de la envidia ha sido considerado
incluso en la tradición escolástica tomasiana. Según el psicólogo tomista
Martin Echevarria (2005), la envidia es una forma enfermiza o viciosa de la
tristeza desordenada que deriva de la vanagloria de querer tener siempre más y
de poseerlo todo; y que tendría dos causas (siguiendo al aquinate): una
intelectual o cognitiva (desconocimiento de los propios limites y cualidades) y
otra afectiva (el temor a fallar en lo que se considera que supera las propias
capacidades).
También en muchos casos se añaden verdaderas tradiciones
familiares de envidiosos que educan al niño en el resentimiento hacia el
envidiado. Si en ese ambiente familiar y hasta escolar, se prima mucho
comparar al niño con las cualidades de otro, la envidia estará servida y el
daño al niño realizado.
Pero sin duda, uno de los psicólogos y psiquiatras
que más han estudiado la envidia ha sido Alfred Adler. Para este la envidia se
configura en una atmósfera familiar infantil donde prima la competitividad y
donde la rivalidad entre los hermanos es frecuente. Los niños mayores y menores
suelen ser los mas vulnerables a la envidia en ese contexto,. El hermano mayor
porque ha sido “único” objeto de privilegio y atenciones, y ahora se ve
“destronado de su reinado” por la venida de otro hermanito con el que rivaliza;
y puede recurrir a “apaños” como “ser ahora muy malo”, “orinarse encima” y
otras estratagemas conscientes e inconscientes para recuperar el trono de
atenciones y afectos perdidos. También el menor porque suele ser objeto de
mimos y protección excesivas que cuando sale del ambiente familiar habitual
tiene que afrontar un mundo despiadado, difícil y frustrante.
Y, por último, podríamos, hablar que la envidia no solo
como afecto, sino como una forma de conducta, y hasta como forma de conducirse
por la vida que no solo tiene sus “causas”, sino también sus efectos,
consecuencias o funciones finalistas” (Marino Perez, 2004). La envida desde
esta perspectiva cumple un papel social relacionado con la “función de
regulación del poder”.
Habría que distinguir aquí entre una “envidia mimética”
donde no solo es importante el objeto del deseo para el propio envidioso; sino
que el objeto del deseo es aún más deseable cuanto mas sea deseado por otros.
La función aquí es orientar los objetos que son deseables y valiosos
según la sociedad del momento en cuestión. En la sociedad de consumo esos
objetos del deseo son “creados continuamente” sin remitir a necesidades reales,
y tienen un claro exponente en los medios de comunicación y la publicidad.
Y, por otro lado, estaría la “envidia maléfica” donde se
desea que el otro pierda lo que tiene sin que sea necesario tenerlo uno mismo.
En este caso. la envidia está muy relacionada con las comparaciones sociales
con otros donde el “rebajamiento del otro” cumple con la función o finalidad de
la propia afirmación; operando en una especie de equilibrio tanto real como imaginario.
El hecho es que ambas formas de envidia pueden convivir en la misma persona y
sociedad. Incluso hay quien “provoca” la envidia en otros haciendo
“ostentación” de bienes materiales o cualidades como una forma de sentirse
superior al envidioso.
En suma, afirma Marino Pérez (2004), para que se dé la
envidia tiene que haber una serie de causas antecedentes: Incluyen la presencia
de objetos deseados que pertenecen a otros, desigualdades que hacen evidente la
inferioridad de otros casi siempre próximos y/o el afán insaciable de igualdad
en sociedades democráticas; y una serie de consecuencias o funciones: orientar
a objetos de consumo social deseables, equilibrio real o imaginario de la
propia inferioridad y/o sentimiento de superioridad ante el otro.
¿Tiene remedio o solución la envidia?
Para la opinión del psiquiatra cordobés Castilla del Pino
(2000) la envidia es intratable e incurable. Para otros especialistas el asunto
no es tan pesimista, pero debe contar con varias condiciones. Para la persona
que ya esta en tratamiento (y no precisamente por admitir su envidia como
apuntábamos al principio) esta debe de admitir su propia identidad, con sus
limitaciones y cualidades; lo que conllevara “resistencias y defensas
frecuentes” y será un trabajo psicológico duro y difícil, pero no imposible.
Para los padres y educadores será muy importante en plan preventivo
trabajar las conductas de solidaridad y cooperación desde las primeras fases de
la vida de lo niños; aquello que Alfred Adler llamó “sentimiento de comunidad o
interés social” (Ruiz, Oberst y Quesada, 2006). Pero bien es cierto que la
sociedad en general no está por esa labor y el “complejo de Caín” seguirá
haciendo mucho daño a esta y a las próximas generaciones, por lo que el trabajo
es inacabable.
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| Cuanto más conozco a la gente, más quiero a los animales!! |
Según Laracca hay: Tipos de envidia
Pueden hacernos sentir envidiosos numerosas cualidades de otras personas: su
talento, su
juventud, su renombre, su belleza, sus posesiones y hasta su
virtud. Tener todo de lo que carecemos tener, anhelamos y no podemos gozar.
El sabio Baltasar Gracián escribió en su
Arte de la prudencia
(1647): "No hay venganza más insigne que los méritos y cualidades que
vencen y atormentan a la envidia [...] Este es el mayor castigo: hacer del
éxito veneno".
La forma más conflictiva de envidia es, sin duda, aquélla que se dirige
hacia las personas que, simultáneamente, uno ama --- como la del padre al hijo
--- o del hijo al padre. Es este tipo de envidia el que tiende a sumergirse con
mayor vigor en el Inconsciente, porque amenaza con destruir precisamente
aquello que valoramos más de nosotros mismos: nuestras representaciones buenas
y nuestros sentimientos amorosos.
Es común que un sujeto sienta envidia, en alguna de sus numerosas
manifestaciones, hacia alguien y, simultáneamente, profese adoración
despreocupada hacia otra persona. Se trata de las dos caras de una misma
moneda. Este fenómeno es consecuencia del mecanismo psicológico de la escisión,
al que suele añadírsele la defensa psicológica de la racionalización, que
permite al sujeto dar cuenta de por qué cierta persona con atributos superiores
es merecedora de descalificaciones, mientras que otra lo es de adhesión
incondicional.
La Envidia Profesional
La envidia entre los seres humanos suele aumentar de
modo directamente proporcional a la similitud de sus circunstancias y, por
tanto, se acentúa entre los hermanos, tanto de sangre, como de profesión.
Recordemos, por ejemplo, a aquellos envidiosos astrónomos que no se dignaron
siquiera a mirar por el telescopio de Galileo, o a aquellos científicos que
rehusaron asomarse al microscopio de Malpighi, objetando que se trataba de un
aparato para deformar la Naturaleza, obra de Dios. En Medicina, mencionemos el
caso de aquellos médicos vieneses de finales del siglo dieciocho, que no sólo
se negaron a examinar a los pacientes curados por Franz Anton Mesmer, sino que
afirmaron públicamente que tales curaciones se debían a que los pacientes por
él tratados ¡nunca habían estado enfermos! Mesmer recibió amenazas de muerte.
El mismo decano de la Facultad de Medicina le aconsejó que, para aminorar la
envidia que su fama producía, mantuviese secretas sus espectaculares curas. No
le sirvieron a Mesmer de mucho las advertencias ni sus propias estrategias, y
acabó tenido que huir de Austria
Otro famoso médico que, unas décadas más tarde, también
tendría que abandonar Austria acosado por la envidia profesional fue Ignaz
Semmelweiss. Este gran obstetra, descubridor del origen de las fiebres del
puerperio, demostró concluyentemente que la adopción de medidas de asepsia por
parte de los médicos que examinaban a las parturientas hacía que se redujera
dramáticamente la mortalidad de éstas, que en las clínicas universitarias de la
ilustrada Viena ascendía hasta un veinticinco por ciento a mediados del siglo
diecinueve. Su jefe Johann Klein, envidioso de su éxito, vetó su ascenso a
profesor adjunto y dificultó tanto su trabajo en la clínica, que Semmelweiss se
vio forzado a regresar a su Hungría natal. Donde corriera la misma suerte.
Cuando William Harvey comunicó en una conferencia sus
revolucionarios experimentos, que más tarde publicaría en De Motu Cordis
(1628), se previno de la siguiente manera: "Lo que ahora debo deciros a
propósito de la circulación de la sangre es tan nuevo y tan inédito, que temo
no sólo concitarme la envidia de muchos, sino que incluso tiemblo pensando que
toda la Humanidad se revuelva contra mí". El descubridor de la circulación
sanguínea se sintió atemorizado ante la posibilidad de que el cambio de
paradigma científico que estaba propugnando desencadenase contra él el odio envidioso.
No hace falta salir de nuestras fronteras para hallar ejemplos históricos de
envidia entre médicos
Frente de Liberación Animal, Argentina
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